lunes, 21 de noviembre de 2016

RELATO LENGUA SOBRE RIMA XLII

CUANDO ME LO CONTARON...
Yo me encontraba sobre mi escritorio de madera vieja cuando empecé a pensar en ella. En que detrás de esa faceta de hermosura, se encontraba un vacío tal, que no daba pie a confesarse.
Se te nota amor, en la comisura de los labios, en tus suaves mejillas, en tus fascinantes ojos verdes que ya no brillan como los de una niña pequeña a la que le acaban de dar sus primeros besos robados.
¿Qué te pasará? ¿Qué tristeza callas y me escondes? A mí, que todas las noches te brindo barra libre de poesía sobre mi espalda. Qué te pasará.
Sumergido en mi pensamiento, escuché a lo lejos el chirrido de la puerta. Ojalá ella.

-Hola Gustavo, me gustaría que nos sentáramos a conversar un rato, tengo que contarte algo.
-Claro Emilio, ¿qué te trae por aquí? Hacía días que no sabía nada de ti. ¿Todo bien?
-Sí, sí, verás...es sobre Clara.
-¡Ah!-pronuncié exaltado. ¿Qué es lo que ocurre fiel amigo?
-Me duele decirte esto, pero más me duele callármelo y ser consciente de que vives en un sueño creyendo que es real.
Clara es una mujer hermosa, tanto como caprichosa.
Tan sumergido estás en tus pensamientos y tus rimas que no ves que detrás de esos ojos verdes, no hay más que mentiras. Que aquella que te juró sinceridad, no es ni más ni menos la misma que hoy te da la espalda impidiendo que la veas. Que aquella que te dijo "te quiero", se lo está diciendo cada mañana a un Don Juan. Que aquella que derrocha delicadeza, es la misma que te ha creado una venda sobre los ojos para que no percibas que la única delicadeza que posee es la de las prendas que le arranca ese desdichado. Que aquella que te juró fidelidad, hoy echa sobre tu cara un puñado de arena.
Tan caprichosa es, que no le bastaba con tu cariño y tus palabras, la oí decir que eso, tan sólo se lo llevaba el viento.
Querido amigo, he sido testigo de un engaño sin fin, no he podido soportarlo más y hoy hasta ti mis palabras llegan, que aunque se las lleve el viento, estas sí que poseen tanta sinceridad como tristeza.
Lo siento.
He percibido su aroma cada amanecer, imaginé estar loco hasta que decidí ir a la habitación de mi hermano para preguntarle acerca de tal olor a rosas, y entonces, en ese momento y no en otro, pude corroborar lo que mi ser no quería creer.

-Gracias.
-Lo siento.

Una vez pronunció esto, mi amigo se abalanzó sobre la ventana abierta de par en par, impidiendo que yo pudiera frenar tal barbaridad.
Esas fueron sus últimas palabras: lo siento.

En ese momento sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas.
Por mi amigo y por mi querida Clara, a la que jamás podré odiar.
Cayó sobre mi espíritu la noche, en ira y en piedad se anegó el alma,
¡y entonces comprendí por qué se llora!
y entonces comprendí...

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