martes, 21 de marzo de 2017

O eso creía yo

Sonaba la radio
Su canción favorita
O eso creía yo

Pasó por mi puerta
A soltar un “lo siento"
O eso creía yo

Le vi con ella unos instantes
Le dirá que no, que me quiere
O eso creía yo

Se ha ido
Pero volverá
O eso creía yo

Días solitarios
Le necesito
O eso creía yo

No volveré a bailar
No volveré a sentir
O eso creía yo

domingo, 19 de marzo de 2017

Querido Papá:

He mirado en el fondo de tus ojos.
He escuchado tu risa así como tus enfados.
Te he abrazo tan tan fuerte que todos mis miedos se han desvanecido de un plumazo entre sollozos.

Y hoy vengo a hablar de ti. Bueno, de ti y de mí, más bien.
No voy a contarte anécdotas de cuando tenía 5 años, te mentiría, porque aunque me gustaría, no las recuerdo como querría.
Sólo me vienen a la cabeza pequeños momentos en los que siempre estás presente. Y me encanta que seas tú y sólo tú, quien me ayude cuando yo no puedo.

Parón aquí, que vienen mis sustos(y los suyos):

Recuerdo hace cuatro años, una tarde como otra cualquiera en la que decidiste ir a ver una corrida de toros con mamá. Me ofreciste ir pero me negué a ello, no voy en contra de ellas pero es algo que prefiero no ver.
Volviendo al tema...ambos os dispusisteis a iros, era a las 5:30 cuando empezaba.
A las 5:35 una amiga tuya llamó a tu móvil.
Sí, papá, tu torpe hija se acababa de caer con los patines intentando ayudar a un niño y se había roto la muñeca. Irrumpí tu tranquila tarde y nos encontramos en el hospital. Te dije con tono irónico: mira qué de vueltas le doy, creo que podría acostumbrarme.
-Tranquila pequeña, esto acabará pronto. Se rió. Tuvo razón.

Hace casi dos años, 15 de mayo de 2015:
Hacía poco que practicaba atletismo en comparación con las otras chicas que llevaban desde los 6 años.
Yo tan sólo llevaba dos, y tenía en ese momento 14 años.
Era un día soleado, por la mañana, sobre las 12 o una cosa así.
Me disponía sobre mis tacos de salida a la espera del pistoletazo de salida y dar todo de mí en apenas unos segundos.
Sonó. Adrenalina. 100m. No es nada.
Podría haber sido una competición como otra cualquiera, pero por razón que desconozco, estaba más motivada que nunca.
50m. Segunda. A muy poco de alcanzar a la primera.
60m. ¡Zash!
Noté una extraña y muy dolorosa sensación en la cadera, tuve que pararme porque me era imposible seguir corriendo.
Mierda. Me cagué en Dios unos segundos. Esperé a que pasasen las demás e intenté andar unos pasos para salir de las calles y caer tendida al tartán.
Horas después estaba ingresada en la clínica de la federación. Rotura y desplazamiento de la pelvis. Mierda otra vez.
Las palabras de mi padre de nuevo: Tranquila, esto acabará pronto pequeña. Bajando al quirófano, un cura.
¿Que coño pinta aquí un cura?- pensé.
Pues bien, aunque suene a chirigota, no vino ni más ni menos que a darme la extrema unción(o como se escriba, que me da igual). De nuevo, me cagué en Dios, hablando en plata.
Ya podía acabar pronto papá, nunca antes estuve tan aterrada como en ese momento.
De nuevo tenía razón, salió bien dentro de lo que cabía.

Hace apenas unos meses:
-Papá, respiro raro.
-Vamos a Fuentes, igual no es nada.
Ir a Fuentes sólo sirvió para que me mandasen a casa otra vez.
Dos horas después, realmente, no podía respirar.
Mi padre volvió a parar en fuentes, no sé muy bien por qué no fue directo a Zaragoza.
Me pusieron una inyección en el culo y una mascarilla para respirar. Alergia.
El trayecto a Zaragoza fue duro, yo me ahogaba. Se me empezaron a poner los labios morados y mi cara, como yo, estaba muy cansada.
Puso en la ventanilla una tela, siempre lo hacía cuando iba al hospital conmigo. En ese momento repitió: Tranquila, esto acabará pronto pequeña.
Asentí casi sin poder.
Llegamos y me ingresaron.
A día de hoy son alérgica ni más ni menos que a 23 cosas. Y digo cosas porque ya me he perdido entre alimentos, pólenes y demás.
Pero de nuevo, mi padre tenía razón.

Hoy:
Gracias, infinitas.
Por haberme dado la mano y haberme dicho siempre la misma frase que me devolvía la vida.
Gracias por salvarme día a día y dejar que me equivoque sola y luego decir un: Te lo dije. (Típica puyita)
Por ser el hombre que eres y haberme hecho la mujer que soy. Por esto y mil cosas más, te quiero. Eres un superhéroe.
Espero que no tengamos que pasar por más momentos como esos, que sabes que soy un desastre con patas e imprevisible como yo sola. Pero tranquilo, tendré cuidado y daré esquinazo a cualquier miedo. Es fácil si te tengo al lado. Y sino, “tranquilo, todo acabará pronto pequeño”.

Feliz día, bonito.

martes, 7 de marzo de 2017

Era imposible, tan imposible como pedirte que te quedaras conmigo.

CAPÍTULO 1.

Marta tenía veintipocos; era esbelta, morena, ojos pardos, labios carnosos...Era fí

sicamente envidiable a la vista de las demás chicas, pese a que ella no valoraba apenas el físico. Siempre decía, que eso con el tiempo se acababa, igual que una flor marchitaba.

Cada verano, Marta se tomaba sus vacaciones en soledad para desconectar de los estudios y disfrutar de las pequeñas cosas de cada lugar.
Cuando se iba, dejaba un pedacito de ella en cada sitio al que viajaba.

Aquella era una mañana de verano en el mar de Llanes(Asturias), en la que el sol relucía sobre su fina piel a 35°C. De repente giró su cara unos instantes porque se estaba quedando medio tuerta del ojo izquierdo, y en ese momento y no en otro, observó como a unos pocos metros, un chico(más o menos de su misma edad) la miraba fijamente, sin apartar la vista ni un segundo.
Se hizo la loca y volvió a girar la cara a la posición adoptada inicialmente.
Si se cree que le voy a decir algo, la lleva clara- pensó.
Marta se pasó cerca de dos horas a pleno sol, hasta que empezaron a rugirle las tripas y como eso era algo que no soportaba, se dispuso a recoger sus cosas y marcharse a hacerse unos macarrones a su apartamento lo más rápidamente posible.
Una vez hubo recogido su toalla y demás complementos, al levantar la vista, vio a través de sus gafas de sol como aquel chico seguía en el mismo sitio, quieto como una estatua.
Pensó en hacer como que no le había visto.
-Pero no puede ser tan tonto, seguro que se ha dado cuenta.

Marta retiró las gafas de su cara y al pasar por su lado le tiró un par de monedas sueltas al suelo mientras le decía: -una estatua muy bien aguantada, aunque poco original diría yo.
El chico no pudo evitar reírse y Marta se quedó parada. No había visto nunca una sonrisa como aquella.
-Me llamo Kevin, un placer.
-Marta.
-¿No vas a decir nada más?
Se hizo la desinteresada faltando, incluso, al chico.
-No tengo que perder mi tiempo con un pícaro de playa que lleva más de una hora mirándome a mí y a saber a cuantas más cuando tengo un hambre terrible. Y si no la tuviese, tampoco, adiós.
-Hey, hey-la agarró del brazo.-De pícaro de playa nada, llevo una hora mirando a una única chica: Tú.
-Siento haberte incomodado, sé que es un poco raro y puede parecer mil y una cosa, no era mi intención. Hasta luego Marta, que tengas un buen día.
Marta volvió a quedarse parada, aquel desconocido le parecía interesante, y después de la última contestación, incluso educado.
Le había contestado de manera despectiva, por lo que no se sentía muy bien al respecto, tenía que arreglarlo de alguna manera. Ella también era educada, y sensata, y acababa de demostrar todo lo contrario.
-Perdoneme, no era mi intención hablarle de esa manera, me había sentido un poco incómoda mientras me miraba, de ahí mi reacción. ¿Le apetecen unos macarrones?
-Vaya, y ahora me tratas de usted y me invitas a comer señorita. Típica chica: montaña rusa
-¿Montaña rusa?-Marta se echó a reír como hacía tiempo que no hacía.- Bueno, ¿vienes o no?
-Un placer.

Nada más llegar al apartamento de Marta, Kevin quiso aclararle que vivía allí y que lo había pasado bastante mal desde que finalizó su última relación. Le dijo que cada mañana se paseaba por la playa en busca de alguna mirada que le devolviese la vida, y la suya lo había hecho torpemente bien. Casi sin querer.

Pasaron todo el día juntos, entre risas y más risas. Marta le confesó que la risa era la mejor medicina, y que a veces necesitamos menos de lo que creemos para ser felices.

Aquel día no fue el único que se vieron, porque durante todo ese mes, cada mañana, Marta iba al acantilado de aquel pueblecito de playa a buscarle. Era su sitio, el sitio en el que ambos se olvidaban del correr de las horas.

Poco a poco, Kevin ocupó sus manos, su caricia, su cintura, y toda su alma.

Acabó el verano y Marta tenía que volver a Zaragoza, a su casa. Se lo explicó a Kevin y éste le gritó diciéndole que si le iba a abandonar, que si ya no le quería.
La chica quedó extraña ante tal situación, pero no le dio importancia, y le hizo caso. Kevin era lo que más quería en la vida.

Horas después, llamó a su madre y le contó lo sucedido en el verano. Después de esto, su madre pronunció: -¿Qué quieres decirme con eso hija?
-Que me quedo aquí, mi hogar está con él.
-¿Pero se te ha ido la cabeza, pequeña? No eres consciente de lo que estás haciendo, y menos con ese chico, que no puedes saber quién es por tres meses que hayas pasado con él- medio llorando- Marta, por favor, vuelve a casa. Eres muy joven, aún no entiendes...
Silencio. Marta había colgado el teléfono.
Kevin la abrazó y le susurró: te quiero.
-Y yo.

Marta llevaba unos días ausente, evitando llamadas de su familia. Hasta que un día no pudo más y cogió el móvil.
-¿Qué quieres mamá?
-Vamos a verte, sólo quiero verte, soy tu madre.
En ese momento Marta se echó a llorar de alegría al pensar que sus padres lo habían aceptado, y más aún, porque iban a ir al pueblecito de playa a verla y a conocer al chico del que estaba completamente enamorada.
Kevin llegó a casa después de un largo día de trabajo, le dio un beso a Marta y ésta le dijo: Van a venir mis padres, amor.
La cara de Kevin cambió por completo, no le dio tiempo a pronunciar palabra porque sonó la puerta, eran ellos. Al abrir la puerta, los padres de Marta miraron a Kevin con la misma cara que éste les miraba a ellos.
Silencio.


“¿Nos enamoramos de la persona, o de la idea que tenemos de la misma?"
                                Continuará...